Me despierto esta mañana pensando en las palabras.En las que pensamos y no decimos . En las que decimos sin pensar. Las palabras tienen un efecto benéfico y, a su vez, indefectiblemente destructivo y castrante. Pueden instruir, alentar o ser alivio. Pueden destrozar un planteamiento y hacer tambalear nuestro presente zarandeando nuestro supuesto equilibrio.

Nunca hemos sido consciente del efecto de las palabras sobre nuestras vidas. No nos paramos en el previo de la exposición de un parlamento que por certero ocasione entuertos irreparables. El aprendizaje de elegir la palabra adecuada y pasarlas por el tamiz de las buenas formas debería de haber formado parte de nuestra educación temprana, de esa etapa humana donde la esponja que somos absorbe todo aquello que nos rodea . Una palabra puede sanar.Una palabra puede amargar. Aquí termina nuestra responsabilidad,en saber seleccionar la palabra adecuada para conseguir nuestro objetivo . Diseñamos nuestro parlamento pero no la reacción de quien lo recibe.

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Es lo que somos,ese marchamo impreso, lo que hace que nos tomemos las cosas de una manera u otra. Requerir la opinión de alguien debe suponer el respeto hacia ésta ,acogiendo las palabras con cordura, relativizando lo que pueda conllevar dolor, curando las fisuras que ocasione. Medir las palabras de quien acomete un parlamento no es una acción forzosa. Sí lo es el proceso de recepción de quien las recibe.
Muchas veces a lo largo de mi trayectoria profesional he acometido la ingrata acción de dar consejos. Y digo ingrata por los entuertos poco halagüeños que me ha ocasionado .

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En un sector como es la moda, donde el ego se convierte en tirano y el orgullo y la dignidad en caretas que encierran mediocridad y miedo , una opinión adversa a lo que se espera , puede convertir tu parlamento en un hito de tragedia. Es la libertad, esa cualidad que pertenece a los altares de nuestras tripas, la que debe primar al margen del yugo manipulador de quien no está de acuerdo. Los psicodeficientes ,cuya masa encefálica químicamente tarada alberga un obeso yoismo, no deberían pedir nunca un consejo. Solo,cuando el rencor se guarda en el bolsillos y la supuesta dignidad se transforma en humildad,podrían hacerlo.A toda esa pandilla de imbéciles ,parásitos,zánganos y mujeres aburridas de ” familia bien” que llevan apalancados en sus esfínteres una falsa creatividad , les pediría que dejasen de ser los sucios intrusos que son y asumieran que lo que hacen canceriza la belleza de hacer moda ,banalizan la creatividad y nos hacen un flaco favor a todos los que como yo, llevamos la moda con seriedad, con certeza y con profesionalidad. Son este gremio indignado por las críticas el que no tiene claro lo que es la dignidad y sobre todo la humildad. Hay que tener menos dignidad y más vergüenza.Es esa vergüenza la que hay que tener para no autodefinirse como diseñador. La misma que evita que desfiles prendas sujetas con alfileres o clonar la labor de otros diseñadores y hacerla impúdicamente propia.

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Un Parlamento certero puede ocasionar daños pero también una tranquilidad absoluta de conciencia. A los que quieran asumir un parlamento que pueda resultar adverso les aconsejo que retiren de sus cavidades timpánicas el filtro del sometimiento, el convencionalismo, el sentirse merecedor de solo lo benéfico y el regalo de palabras lisonjeras..todo lo de trabado y sintomático de una nefasta educación.
A los que quieren seguir viviendo en el mundo cariado de su “yo” les deseo buena suerte y desde ésta que sus mundos pretéritos los conserve en el museo de la ignorancia, el destalento,el rancio destile de sus días y el aplauso de los que, como ellos, suenan hueros en la sonoridad hermosa de la moda y la belleza.

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El retablo de lo que somos, ese entramado de lo vivido, de palabras, experiencias y sensaciones no lo carcomiza las palabras ajenas sino un ensamblamiento certero y contundente ajeno a la distrofia cerebral. Los buenos retablos están hechos a base de dolor y sufrimiento, miedos, amores y muchos cojones. Todo lo contrario a lo que leemos en el adn de todos los que pertenecen a esa añeja cofradía de los intocables: la palabra nada .

One thought on “Un certero parlamento”

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