Hay poca gente recorriendo los pasillos del supermercado a esa hora tardía. Suena reguetón amenizando mi paso sin prisa. Recorro lento mirando los estantes. Lleno el carro con pocas cosas para la  cena . Oigo voces que increpan cuando voy acercándome a la caja . Un hombre riñe y acusa a un chaval de no más de 20 años que está detrás del mostrador.  El hombre hace hincapié en lo mal que le habló el chaval  por aparcar el coche en donde no debía. Le exige que le pida perdón por sus palabras. Me aislo de la conversación sin moverme. Me quedo pegado a la ira de las palabras del hombre. A sus dedos amenazantes. A las  palabras hirientes hacia el muchacho. A la expresión cuarteada  por la crueldad de su discurso. El odio inunda todo. El reguetón deja de escucharse en ese instante en que las   caras se vuelven del color de la cera. Me quedo inmóvil con la postura incómoda sacando los productos del carro. Siguen las palabras descarnadas. Lo impío de quien detenta el poder. Respiro profundo. No digas nada. Me digo.

La compasión me abraza el cuello y me acerca al muchacho de no más de 20 años que pide perdón una y otra vez. Son perdones quebrados por el miedo. Las sílabas tiemblan en sus labios secos.

Algo se coló en nuestras vidas hace un año y nos pilló por la solapa de nuestras vidas normales para dejarnos claro que nada está en nuestras manos. Que la vida va sola. A su manera. Que sigue su curso impune ante el dolor de los que la vivimos.

Ahora, mientras camino hacia la casa con la cena sin orden en la bolsa, recuerdo a la mujer que lloraba sola con la frente apoyada en la puerta de una iglesia cerrada. Veo de nuevo las flores secas en carteles torpes llenos de oraciones escritas con el pulso de un niño. Un hombre joven baila en un balcón una canción de village people. Las mujeres entablan conversaciones desde los balcones . Cuentan su día a día y el cielo se llena de palabras. Las calles se llenaron de persianas bajadas, de autobuses vacíos, de saludos desde lejos, de amar de lejos.

Me veo de nuevo sintiendo el pudor del chancleteo de mis pasos paseando a los perros como si el silencio fuera un dogma indeleble solo roto por el aleteo de las palomas buscando restos de comida. La voz de un niño pequeño que pregunta. Voces sin cara que cuentan a través de puertas y ventanas entreabiertas. Me veo caminando con cautela. Mirando arriba. Descubriendo nombres de calles desconocidas. Unos geranios que cuelgan secos. Una reja que no había visto nunca. El alerón de una casa pintado de un verde intenso. Una anciana sola apoyada en el balcón entre bragas tendidas al sol. Sonaban más las campanas de las iglesias. Brillaban más , en la tarde, las cruces verdes de las farmacias como cabarets solitarios en una ciudad muerta.

El sonido de la llave en la cerradura me trae de nuevo al muchacho del supermercado. Siento que hace un año el dolor se quedó. Generó la ira. El desasosiego. Nos dejó el miedo. La incertidumbre. Todo lo que nos hace innobles llegó para quedarse y la esperanza se quedó rezagada en una esquina como un niño perdido que llora para que alguien lo coja y lo consuele.

En estos días donde impera todo  lo malo de nosotros recuerdo más que nunca a Rosario, mi madre. Cuando todo se desbarataba a mi lado la llamaba con alguna excusa. Que me diera una receta. Que me contara cómo estaba el levante en Cádiz. Que me dijera cómo iba la novela que veía cada tarde. Que me contara si mi padre se quejaba por la comida. Que me contara la retahíla de sus dolores uno a uno.   Solo su voz hacía laxo mi dolor. Mi sufrimiento instalado. Su voz, sabia y prudente, volvía sus flores mis antídotos y sus lentejas a fuego lento  mis armas certeras para seguir viviendo el día a día sin miedo.

Hoy no puedo llamar a mi madre. La amo de lejos en el tiempo más que nunca. Se lo digo mientras corto la verdura. Mientras barro el suelo. Mientras limpio el polvo. Mientras doblo el cuello de una camisa que plancho como ella me enseñó.

Hoy que estamos tan cansados, tan amputados, tan solos, espero, sin esperanza, la vacuna que me haga no olvidar  a Rosario, mi madre. Que me deje su voz todavía. Su risa. Su paso suave por la casa. Que me deje el olor de su cocina. De sus sábanas planchadas. Que no se sequen sus geranios. Que resistan al tiempo sus estampas de santos juntitos entre los pliegues gastados de su monedero. Que se queden sus sostenes en los pomos de las puertas. Sus babuchas viejas en una esquina. Los restos humildes de sus comidas en la nevera. Que no se lleve el cajón de sus medicinas. El olor a rosas de su neceser de tartán. Sus horquillas amontonadas sobre el lavabo. Que me deje el sonido de sus coplas. Los diálogos de sus novelas. Que no se lleve nada sus trocitos de telas agrupados por colores. Las agujas del punto de un jersey cualquiera. Sus cajones desordenados….. Su quietud. Su dulzura. Sus silencios preocupados.

Hoy solo espero una vacuna que se lleve de mi la palabra olvido.

 

16 thoughts on “La vida a su antojo”

  1. Tan sublime como siempre!
    Aprendiendo a vivir con la Incertidumbre de que pasará mañana y sobreviviendo con la pena de quien se nos va y deja la herida abierta hasta el reencuentro.

    1. Que maravilla Pedro …siempre me emociona lo q escribes ….Por mi madre…que tambien la pienso…por mi amada sobrina q la añoro tanto que duele…..Pedro tienes q escribir un libro sobre esto q sientes q es muy grande y bello 💕

  2. Que maravilla Pedro!!!
    La idiosincrasia de los valores de una madre no se pierden nunca, están tatuadas en las entrañas y salen a relucir cuando uno se calma y ve las cosas de otro espectro, desde el que ella los vería.
    Esto rasga dentro y rasga por hablar de la verdad verdadera. Enhorabuena

  3. Chari en perpetua presencia. La risa que no se apaga en cualquier frase sin importancia.Siempre ese patio de techo de cielo, tendedero huérfano de prendas,lozas deslavazadas que avisaban de la llegada a mi cielo del 5.
    Te quiero Pedro.

  4. Maravilloso Pedro, trasmites tanto, son sentimientos que en este año han vivido en el interior de muchos, entre los que me incluyo. Gran Don tienes!! De transmitir y llegar al corazón. Gracias por hacerme soñar.

  5. Gracias primo por recordarme recuerdos que por mi lucha no tengo tiempo para recordar.
    Gracias por emocionarme y echar unas lágrimas por mi segunda madre mi tía Chari.

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