Siempre es doloroso volver. Es rescatar. Es acatar de nuevo. Es ratificar que el paso del tiempo es inexorable y deja huellas indelebles. Volver a Cádiz es volver a mi casa, al lugar donde me hice y me deshice tantas veces. Es volver a lo adherido, al cansancio ímprobo que entrama retomar los recuerdos y asentir al ahora. Vuelvo menos aún estando tan cerca. Volver me inquieta. Cruzar la bahía en el autobús, enfilar la avenida, bajarme en la parada del hospital del mar, caminar hasta la casa reconociendo lugares y caras… Me asusta llamar al telefonillo de la puerta y no escuchar la voz que espero, la voz del vientre, de la cuna, de las coplas. Me agota el miedo invicto de la posible ausencia, la evidencia de que cesar es la voluntad predecible de la vida.

Entro. Aparco bolsa y dolor. Busco. Huelo.Oigo. Me encamino. Entro en la terraza y se me llena de luz la vida. Me desaloja el dolor y se instala  la  gratitud que nace de la certeza de la tregua. Todo está bien. Nos buscamos. Ya está aquí mi niño. Le beso la mejilla templada. Le toco las manos. No hay palabras .Todo está dicho en el beso sonoro, certero y hondo. Se frotan nuestras pieles limpias, sin veladuras. Su piel ajada es una oración de bonhomía. Sin denuedo vuelvo a la entraña. Hay sesión de belleza en la terraza. Se esmaltan las uñas de color geranio. Se enceran los bigotes. Se cogen los rulos. Hay templanza en los gestos. La calma se instala entre nosotros. Abrazo a Miguel vestido de futbolista. Aherroja mi cuello con sus brazos. Me envuelve con su camiseta overside de Mesi. Me muestra sus progresos con el balón golpeando sin tregua el muro medianero. Le da con el balón a un rosal. El niño se para. Toma una rosa, la acaricia y le pide perdón. Él sabe que la vida es hermosa. Que está en todas partes. Que debe ser cuidada. Hay vida ahora. Hay vida todavía. La tarde se envereda. Se reitera un mantra en mi cabeza. Gracias por una tarde más.Voy a la habitación donde duermo. Es donde duerme mi madre cuando no estoy. Todo está en su sitio. El aparato de la apnea del sueño, la colcha de pana color natilla, el rosario de piedras turquesas que le traje de Lisboa.Los muñecos negros arropados pacen en el suelo. Ella dice que pasan frío de noche. Me cambio de ropa. Mientras, la laxitud me recorre intravenosa, una  sensación de necesidades primarias que nace de la solera del sosiego. Vuelvo a ser bebé. Huelo su hálito a talco. Comer. Dormir. Vuelve la galbana envolviéndome de lana. De piqué. El raso del lazo me llena de cosquillas la mejilla rosa. Me visto de mi madre. Nos vestimos todos cuando volvemos. La talla XXL nos envuelve. Las telas, los olores, los colores de su armario nos amparan. Todo es grande cuando vuelvo. La indolencia perruna en el sofá, el olor a café por la mañana, la plúmbea jaculatoria de los dolores nocturnos, el rosario de pastillas, la mesa llena de comida, la anomia de la alacena, el sonido de la televisión burlándose de la mesura, las tazas llenas  de infusión, los cuencos de frutas y verduras, el plástico del pan, el dolor que genera la certeza impúdica de que todo lo grande será pequeño un día sin remisión, mi deseo de irme, el no querer atestiguar ese día a día que nos grita obsceno tocándonos el hombro lo efímero de todo lo que somos y vivimos. Ella me dice con voz queda: Quédate un poquito más. Se hace tarde. Tengo trabajo en casa. Le miento. Me la aprendo entre mis brazos. Todo vuelve a ser grande entonces. El beso. El ya te llamo mamá. El sonido de la puerta al cerrarse tras de mí. La oración mientras bajo la escalera implorando a quien sea, déjame alguna tarde bella más. Encamino mi paso desnortado haciendo larga la distancia entre su vientre y mi ombligo. Marineo y vuelvo. Me acurruco en el sillón del autobús. Oigo su voz. La reconozco entre el tráfago de líquido amniótico de su útero. Vuelve, me dice. Ojalá madre.

3 thoughts on “la tarde bella”

  1. ay mi amigo…. k bonito siempre leerte…. como entiendo cada palabra… y hasta huelo la laca en esa terraza de la avenida y oigo las risas de tus hermanas… k grande… k grande!!!

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