Llega noviembre, el mes de los difuntos, de los recuerdos. Enciendo una velita cada tarde. Está en mi memoria. En mi cuaderno de bitácora. Reúno a mi gente y los ilumino. Los recuerdo. Los pongo juntitos al calor de la cera pura. Se encienden sus caras y sus ropas. Se perfilan con más claridad la postura de sus manos, los gestos, la mirada. Los ubico sobre la viga inerte. Los miro y recuerdo noviembres llenos de sol. Noviembres de Cádiz limpiando los nichos del cementerio a cambio de unos duros. Noviembres de berzas y castañas que mi padre traía de la lonja de la fruta. La mesa llena de chirimoyas, almendras y membrillos. Los “to santos”. Tiempo de muertos. Tiempo de las primeras lanas. Tiempo de estrenos de  ropa de invierno. Tiempo de domingos por la mañana embriagados de colonia, recién lavados, doloridos del tacto áspero de la manopla sin piedad sobre nuestra piel. El dolor de pies con los primeros zapatos del invierno. Los gorilas marrones y pesados, siempre grandes. Los calcetines apretados. Tiempo de vírgenes de luto en la Iglesia de San José. Horas de colores grises y castaños, negros y azules marinos. Días alumbrados con mariposas de aceite. Días de granadas ácidas y picón bajo la mesa. Días de playa desierta llena de gatos y perros muertos en la orilla, maderas varadas. Restos escupidos devueltos por el mar de leva, atimonado e histérico. Siempre el viento de levante agitando nuestros cuerpos, ululando y colándose en nuestras vidas cubiertas de pana gorda, jerseys de cuello cisne y gamberros protectores que picaban mucho y enrojecían nuestras orejas.
Mi madre me compró una gabardina marrón chocolate de doble pecho y la estrené el 1 de noviembre. Un fotógrafo avizor me pilló en el parque genovés y mi foto con la gabardina chocolate primó, desde entonces, en las cajas de lata y de cartón donde se guardaban las fotos familiares. Me veo pegando algunas de las fotos en el álbum rojo de boda de mis padres. Era Noviembre. Lo sé porque añoro el pegamento de pepitas de membrillo que hacíamos los niños. No sé cuántas copias le dieron a mi madre pero fueron muchas. La gabardina marrón chocolate me ha perseguido siempre. Aparece cuando menos te lo esperas para llenarnos de noviembres. Hay prendas que se quedan en la memoria, que imprimen su sello, señalan y trasladan. Un día de sol, mi pelo castaño claro y lacio después de haber pasado toda la noche durmiendo con una media en la cabeza que mi madre me ponía para ablandar mis rizos rebeldes sin orden ni concierto. Mi angustia por los nervios del estreno. El sabor del colacao y las galletas María en la boca del estómago. Un paseo muy largo. Las mangas grandes y la postura congelada con las manos metidas en los bolsillos. Hoy es 1 de noviembre y mirando a mis muertos, tan vivos en mi día a día, me visto de nuevo con la gabardina marrón chocolate. Soy el mismo niño. Me siento igual que entonces. No ha pasado el tiempo. No hace tantos noviembres. Miro a mis muertos desde el lugar que ocupo y me lleno de ellos. Los acaricio en mi memoria. Paso las yemas de mis dedos por los marcos que los enmarcan, que los acotan, y siento sus voces, sus improntas sobre lo que soy, el dulce calor que han dejado en mi lomo. Mi abuelo Miguel vestido de marinero sonríe. Micaela y Periquín el día de su boda, quietos. Un resto de mi abuela Carmela metido en una cajita con la cara de Oscar Wilde grabada en la encimera. Están todos apoyados en la baranda de mi vida invictos sobre otros recuerdos. Me  sostienen. Los amo. Cuando vaya a Cádiz buscaré la foto de la gabardina. Ahora comienzo a vestir mi armario de un noviembre hermoso.

2 thoughts on “La gabardina marrón”

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