Hoy, hace 44 años, estrené mi gabardina. Era una gabardina marrón chocolate de doble pecho.Está abotonada con botones de asta y enguatada de paño de cuadros escoceses ocres y rojizos . Mi madre me la compró en una tienda de la plaza de la catedral. La noche antes estuve nervioso. El sueño tardío y somero.El despertar al alba. La gabardina huera echada sobre la silla . De ese día siento el calor, el desafecto del tejido , el dolor de los pie con aquéllos zapatos de puntera cuadrada, dura y tajante, que imitaba la piel de cocodrilo en color vino. La rozadura que en la barbilla me provocaba el roce del cuello.El paseo fue largo y ceremonioso.La gabardina inmóvil. Mi columna estirada y estricta. Mi madre orgullosa. Hay una foto que vaga por los recovecos de cajones y latas viejas con el niño luciendo su gabardina marrón chocolate.

imageimageimageimageEra el día de los difuntos .En ese día se estrenaban las ropas de invierno.El primer abrigo. Las primeras medias. La calle se llenaba de paños y de panas, de cheviot y de franela. La gente se arreglaba y visitaba el cementerio. Días antes los niños del barrio,por unas pesetas, ayudábamos a las mujeres enlutadas a limpiar y encalar los nichos,retirar las cintas moradas podridas entre los crisantemos y las dalias, acarrear el agua desde las fuentes, decorar con flores ,tiras bordadas y jarrones las lápidas de mármol reluciente y frío.El sol de noviembre viene a mi cabeza, un sol delicioso y picante hacia el mediodía,esas horas en las que las mujeres ataviadas con sus velos salían de la iglesia y en los bares cercanos los mayores bebían el vermut con sifón y una rodajita de limón. En esos días de noviembre el mar está en leva. La algas forman una alfombra granate que hace mullidos nuestros pasos . El levante en la cara.Los calcetines altos apretándote las pantorrillas .Barquillas amputadas por la fuerza de las olas. Ratas muertas .Conchas de choco.El mar escupe en esos días de comienzos del invierno prohibiéndonos la entrada. imageimageimage
Huelo a col. Hay una vela encendida alumbrando unas fotos cariadas por el tiempo. Emilio sonríe. Micaela abraza a una niña vestida de blanco. Mi madre. Mi abuela rosario mira fija con las sienes blancas. Fuera, el levante arremolina las hojas secas de los geranios. Todo lo verde en la terraza se balancea con un parquinson nervioso. Elvira expande su indolencia sobre el velador. Milagrito me mira desde el sofá pedigueño de caricia y paseo. La mesa de la cocina está llena de chirimoyas y castañas, nueces,membrillos y granadas. Hay un resto de boniato asado en un plato pequeño .Lo huelo.image

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