La lengua llega con la aurora. Entra tímida la luz desde la ventana. Constante, llega tamizada tras la cortina de loneta gruesa y recia. La lengua se ablanda adaptándose a los huecos de mi cuello recorriendo cada pliegue de mi oreja de manera placentera y voluntariosa. Se para en cada curva llenando de “rosa “cada rotonda de una orografía de extrañeza lunar. A Bendita la siento debajo de la manta arrastrando su calor salutífero hacia mi cuerpo desde su madriguera escondida y caprichosa. Se instala, como un “obi japonés”,en mis riñones. La calidez me invita de nuevo al sueño profundo. Milagrito pasa de la oreja al cuello, a la sien y a la nuca para,más tarde, caer rendido sobre la almohada. La aurora se alarga y mi cabeza llena de fantasmas ciegos quiere salir pronto de un duermevela duro donde las voces se solapan en una canción coral de palabras e imágenes que pintan de desasosiego el día que comienza. Comienzan los ruidos tiernos de la vida de siempre . La cocina tiembla con el tintineo de las tazas. El olor del café se cuela por las rendijas . La conversación de siempre me aquieta y me alivia . Suspiro y me abrazo tranquilo entre la indolencia de los perros que dormitan y lamen a ratos. Todo sigue. Todo sigue me repito. ¿Qué te traigo?. ¿Cuántas barras de pan?. Hay poca mantequilla. Tráeme cebolla y ajo. Un jabón verde. No hay servilletas . Dos personas que sostienen mi vida hablan en la cocina. Se me escapa una lágrima por el rabillo del ojo .Milagrito se la bebe sin dilación como un guardián fiel experto en aliviar mi dolor. Me levanto. Los perros me miran desde la cama mientras me visto raudo. No hay protocolo. Solo me cubro. Buenos días mami. Voy a bajarlos. ¿Cómo has dormido?. ¡Esta pierna!.¡ A las cinco estaba despierta en el salón !
La conversación reiterada, tan conocida que no causa nada. Los perros me esperan en la puerta sin apartar la mirada de mis movimientos.En la calle la algarabía perruna se manifiesta en la nerviosa cantinela de los rabitos blancos en constante movimiento. Milagrito y bendita merodean y huelen nerviosos la mañana llena de restos de otros perros y esquinas húmedas que son como tesoros descubiertos. Siento cómo el levante entra por mis holguras cuando me encamino hacia el callejón estrecho que termina en la blancura del viejo cementerio y luego el mar. Está lleno el ambiento de olor a algas . Hay gaviotas sobre la muralla. Llegan de nuevo las mismas voces. Las mismas imágenes. Ahora ya sin aurora. Un sol incipiente me deja al descubierto con el dolor sin bandajes. Solo yo y el miedo .Camino mudo. Recojo las “cacas” calientes y esponjosas. Las miro.Es buena señal.Las cacas son cómo el fondo de los ojos. Te dicen sin mentir cómo va todo. La realidad vuelve la esquina y me da en la cara. Rememoro palabras y gestos. Después de mil años vuelvo al inicio del camino. Tienes 53 años. ¿Qué vas a hacer ahora?.El miedo batalla contra la inhalación consciente de la cautela y la esperanza.Soy solo un hombre que intenta “resetearse” . No pasa nada. Todo pasa. Debes seguir. La realidad me da un guantazo impúdico. No veo a los perros. Acelero el paso. Camino hacia la placita gris . Es una placita tímida y sola. Cuadrada.Sin verde.Flanqueada por bloques de pisos que la vuelven sombra, la placita te ofrece el espacio humilde y plano.Los perros están allí .Tienen cada uno una piedra en la boca.Me miran pedigüeños de juegos y alegría . Vuelvo a ellos. La realidad se retira avergonzada y se instala en una ventana donde ropa interior se airea al viento suspendida de un cordel.
Los perros llenan de blancura la placita gris. La realidad me hace señales desde la ventana. Me pide que la mire. Que la atienda.Yo le doy la espalda. Ahora es el tiempo de los perros.