Como la vida, todo lo que decimos, lo que hacemos,lo que sentimos,pasa sin demora en el tiempo dejando tras de sí instalado en nosotros una huella indeleble. Todo lo pretérito lo reconocemos desde nuestro “ahora” embargados de esa sensación de otredad que despierta pudor,  vergüenza,  sorpresa o  ira. Nada de lo que fue sigue siendo. Es la alteridad que entrama el tiempo lo que nos hace sentir ajeno el pasado .Hoy recupero un relato de hace algunos años. Lo rescato por azar. Lo escribí en Berlín. Me dolía el amor y desde el dolor lo escribí una mañana helada que encarnaba mi nariz y entumecía mis dedos. Hoy, cuando lo leo, siento lo que sentía muy lejos en el tiempo. Ya no hay dolor. Ahora, que los niveles de serotonina, aunque cautelosa y con bandajes, me equilibran,  os dejo “El pañuelo unido”, una historia real con personajes que existieron, que amaron, que sufrieron y murieron. Ellos no saben que ese pañuelo unido los hace eternos. Mientras leéis yo bordo una estrella de David en mi brazo izquierdo. Ahora está aferrada al hueso, adherida y viva.

Se conocieron en el campo. No recuerdo sus nombres. Podría correr tras sus huellas. Intentar rescatarlos. No importa. No es necesario. Sólo su historia se quedó. Está en mi memoria. Se vieron por primera vez en el sótano de uno de los barracones que utilizaban para ensayar las piezas teatrales con las que se pretendían entretener a los presos. Se miraron. Se sonrieron. Subieron juntos la escalera. Elladelante. El detrás. Antes de sentir en la cara el frío del exterior, él le daba en la nuca con el aliento denso. Cuando llegaron al rellano ya habían juntado sus hombros. Nunca más se separaron.Cuando ella supo que a él lo deportaban a otro campo, lloró en silencio, fetal y helada, mordiéndose los puños cada noche. Coincidían alguna vez en los ensayos. Se miraban desde lejos y sus gestos y miradas eran como un telégrafo neurótico que prometía que nada ni nadie lograría separarlos. Se amaban y ese pretérito imperfecto regía ante el sufrimiento anestesiando el dolor, aligerando el paso de los días, el tiempo helado de carne y alma.
Ella comenzó a bordar desde que supo que los separarían. Su nombre en una esquina. El de él en la otra. Bordaba por la noche iluminada por la luz moribunda y lineal de una rendija. Puntadas cuidadas con esmero, acariciadas, vencidas por el sueño. Puntadas nerviosas. A escondidas. Cortó el pañuelo por la mitad con un cristal. Bajo la almohada guardó la parte bordada con el nombre de él. La otra la retuvo en su puño día tras día hasta que pudo encontrarse con él. Es la mitad de mi pañuelo. Ese que te gusta tanto. Lleva mi nombre bordado. Guárdalo. No digas nada. Nos miran. Guardaré la otra parte con tu nombre bordado. Lo uniré cuando volvamos a encontrarnos. El pañuelo recuperará su forma, su medida. Nosotros nos recuperaremos el uno al otro. No digas nada. Sonríe y vete. Recita tu texto. Mírame cuando tu personaje diga “te amo”. Sabré que me lo dices a mí.
El pañuelo estaba tras el cristal turbio por mi aliento helado. Unido. Doblado con la costura en el centro y los  nombres bordados en las esquinas. Volvieron a encontrarse después de mucho tiempo. Ella cumplió su promesa. Un pañuelo rojo estampado con pequeñas flores en blanco. Rojo como mi credo, como mi sangre herida, como la barra de labios de mi madre. Un pañuelo rojo unido con la fuerza y la firmeza de los crédulos, de los pacientes, de aquellos que han esperado impávidos e indolentes por el arraigo de una esperanza adherida a los días.
El pañuelo unido
La costura es recta, pura. Las puntadas primorosas, simétricas, pulcras, llenas de certeza. Puntadas de adictos…
Alguien donó el pañuelo al museo cuando el campo de concentración de Sachsenhausen se abrió al público. La autoguía habla ajena a mi emoción, inmisericorde al surco helado de mis lágrimas. La aparto. Siento el frío de la mañana negra en mi cara. En mis manos. Respiro. Pienso. Suspiro hondo mientras la calma se instala.La costura sin titubeos te devuelve a mí. Tus palabras. Tu desdén. Tu triste afán de modelar los sentimientos de aquéllos que te aman, de formatearlos a tu antojo, de programarlos, de hacerlos de nuevo. El empeño ombliguista de diseñar las reacciones ajenas, los te quieros, los deseos. Vienes lleno de opacidad. Llegas.Voy a amar como sólo sé. No lo pienso. Lo digo con voz queda,  intermitente por el frío, pero firme como mi paso, como la certeza de mi otredad. La autoguía continúa explicando. La voz femenina despegada de mi cuerpo no se sabe relegada. No puedo dejar de amarte. Te amo. Te amo como sólo aman los que aman de verdad. Sin miedo. De frente. Te amo sin permiso. Amor en silencio. Amor a gritos. Sin medida, sin formas. Amar estando y sin estar. Amarte sin riendas. Amarte sin pudor, sin dogma. Amar el dolor. El tuyo. El mío. El nuestro. Amar tus lágrimas. Amar mis lágrimas. Amarte con lágrimas. Amar tu ausencia. Amar el hastío de tu presencia reiterada. Amar tu recuerdo. Amar echando de menos la forma en que te amé. Amar cómo te amaré. Amar no amarte.
Te pierdo cuando la voz de un guía irrumpe en mi silencio. Hay gente enterrada bajo nuestros pies, acompañando nuestros pasos. Gente sin nombre. Hombres y mujeres apilados sin pudor. Pecios de personas que amaron. Yo me siento entre ellos. Tú pisas mis costillas.Entrego la autoguía. Duele tu recuerdo. Pesa tu rémora, tu retahíla oída, ordenada, asumida, almacenada. Dan codazos tus palabras abriéndose paso en mi cabeza, sentándose en mis sienes. El dolor es un pañuelo rojo unido con dos nombres bordados que se amaron. Cierro los ojos. Veo bordado mi nombre en una esquina. El tuyo no está. Sólo se lee la palabra “esperanza”.
 

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