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Doblo el callejón de siempre. Me da en la cara el viento que viene del mar y la pared blanca y continua se pega en mi frente . El cementerio viejo parece que se estira, alargado y silente. Se corona de palomas sedentes y gaviotas ávidas de restos de comida. Los graznidos melodian el azul del cielo que corona. Hay copas de cipreses viejos. Discontinuos .Son la vida que queda entre escombros y trozos de recuerdos Camino lento. Los perros huelen. Escudriñan entre los restos de hierbas anónimas que anidan en los bajos de los parterres descuidados de la acera. Sigue la blancura separando la vida y la muerte. Un muro anodino. Austero. Reitera una estrofa blanca. Un gato reposa bajo un coche.Se lava. Hay restos de sardinas secas por el sol. Las moscas merodean. Excrementos secos . Restos de pienso. Bolsas de plásticos ajadas.
Tardes de sol caminamos por el callejón del cementerio camino de la playa. Vueltas sin luz. Cansados. Quemados. Pisamos las cucarachas que corretean por el suelo de arena, chinos y hoyos sin forma. Juegos de pelota contra el muro blanco. Pelotas embarcadas en el techo de las cuarteladas del cementerio. Batallas con piedras. Los mariscaores salen al mar.Parejitas de enamorados van de la mano.El cementerio está lleno de mi infancia .La muerte entre el mar y la vida. Los niños vamos de merienda. Visitamos las mismas tumbas. Recorremos los pasillos llenos de lazos rosas y celestes, de encajes y tiras bordadas que adornan los nichos de los niños que se fueron. La sala de autopsias, abandonada y dura. La piedra de mármol gris siempre mojada. La puerta que chirría. Don Rosendo está cuajado de dalias y claveles. Las mujeres meditan en silencio con las manos cruzadas sobre el pecho. Los cipreses bailan en el compás dictado por un levante fuerte y sin piedad que nos llena la nariz de polvo y el cuerpo de seca austeridad. Un ángel lloroso se abandona a la entrada del panteón cerrado. Flores secas en el suelo. Gente sola que llora y reza. Mujeres veladas de un negro rotundo que huele a dolor .Negro que niega el olvido.Hombres con las cabezas vencidas sobre el pecho esperan a los pies de un nicho abierto y oscuro. El sepulturero dormita en los escalones que culminan la escalera. Sombras tranquilas y rumor del agua que corre y alimenta los ramos de flores nuevas.Gatos que expanden su atrigrado sobre nomeolvides secos. Más allá las bambalinas del cementerio. Todos los que se apartaron del camino dormitan solos. Apátridas y ateos, extranjeros y desclasados .Descreídos a los que nadie reza. Hay una lápida sin nombre. Solo una fecha grabada sobre el yeso blando con el borde del palaustre certero del sepulturero. Coronas al fondo vencidas y rotas. Restos de te quieros. Palabras doradas sobre el morado de las cintas. Olvido. Recuerdo. Tu hijo. Palabras amables que perpetúan el dolor, la esperanza o el recuerdo. Una fuente chorrea tranquila y tímida. El silencio se rompe solo con el sonido de las gotas que golpean ritmadas el agua que reposa fría y serena.Una rendija me muestra el cementerio vacuo de muerte. Solo hay tierra ahora. Cipreces dándose la espalda sin nadie a quien sombrar.
Vuelvo a los perros y a la vida. Voy hacia donde viví mi infancia. Dónde crecí. Las casas bajas se precintan con una cal que encalan de blanco el pasado. Todo parece más pequeño. No están los escalones de mi infancia. No están las ventanas de las vidas. De mis vidas. Faltan las voces y los nombres. Están las caras en mi mente. El sonido de la vida abriéndose paso a codazos. Me paro delante de la que fue la casa donde viví años. Me da en la cara el cemento encalado. Un niño se come una naranja grande en los escalones de la escalera. Es noviembre, el mes de los muertos y de los tejidos gruesos. Lana y membrillos.Sol buscado. Soy yo solito. Estoy mirando los dátiles de la palmera que crece en el centro del patio. Los gorriones habitan entre las palmas. El zumo de la naranja me chorrea por las manos y me alcanza el codo. Una mujer se asoma a la escalera y me limpia con dulzura. Mi madre. La luz deja la escalera cada vez más sombría. Bajo la escalera y me refugio en casa. Me siento triste. Es la misma tristeza. El mismo color. Cógeme de nuevo y no me sueltes.
Los perros me traen de nuevo. Seis pupilas del color de la miel pedigueñas .Siempre esperan.Mi vida delante de mis ojos cerrada de cemento y cal. Me alejo. La palmera muerta enseña sus ramitas grises por encima de la cal reiterada. Ahí sigue. Yo también.
Dejo atrás la vida de antes vestida de blanco. Lleva una corona azul.

2 thoughts on “El Niño encalado”

  1. Pedro, lo he visto todo…casi lo holia y también lo he sentido… Me ha recordado muchísimo a mis visitas al cementerio de mi pueblo…también he sentido mucha tristeza y nostalgia…eres un mago dibujando escenas y arrancando emociones, un fuerte abrazo

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