Cuatro de la tarde. Entro con la prudencia de los que adoran las horas del sesteo, ese tiempo exiguo donde el silencio enlentece el diario y los cuerpos se hacen horizonte en la penumbra que enturbia los sentidos y desdibuja las formas. Abro la puerta con el pudor de una mano sin nervio que venera la quietud. La casa está en penumbra. Los decibelios enervados de las televisiones atestiguan la existencia de lo anciano. En la entrada, la silla de ruedas plegada espera sosegada la recaída. El traslado reiterado al hospital. La toco. Lleva adherida dolor y esperanza. Hay plegarias asidas en sus ruedas y en sus puños gastados la angustia agarrotada de manos viejas. Me asomo a la habitación con la lentitud de un mimo esmerado. Rosario, mi madre, está sentada en su sillón de Ikea. Duerme. Tiene la boca entreabierta. Ronca suave. El pelo negro recogido en la nuca despista a su piel octogenaria. Tiene las manos cruzadas sobre las rodillas. Las piernas están cubiertas por una mantita oscura. Las puntas de sus zapatillas asoman por los bordes suaves. Están bordadas con flores. La miro cerquita y aprendo minucioso con la curiosidad cercana de quien ama lo que ve. Su pecho sube y baja. Lleva un vestido cuajado de flores pequeñas. Hay una música hermosa de suspiro. De aire grato. Rosario es un jardín que danza cadencioso con el aire de la vida. Yo recorro ese jardín lleno de flores y regreso al niño. Vuelvo al abrazo dorado y blando. Al pan con aceite. Al baño hiriente en la bañera de zinc los sábados por la tarde. A las tardes tristes del domingo. Vuelvo al mar de leva en los inviernos. A la voz que riñe tenue. Vuelvo al amor inmenso. Vuelvo sobre mis pies.
Voy hacia el salón. Está helado. En una esquina mi padre duerme. Tiene la cabeza echada hacia un lado. Parece la colilla gris de un cigarro aplastado contra el asfalto. Bajo el volumen de la televisión. Mi padre no se inmuta. Me acerco. Lo toco y la ternura se instala en las yemas de mis dedos. Recorro su brazo con la prudencia de los que velan el sueño ajeno. Le miro los pies heridos por una circulación que se ha vuelto perezosa, lenta, vieja. Tiene los dedos vendados. Dejo que duerma. Vuelvo a la habitación recoleta donde el jardín de Rosario sigue pululando nervioso al compás de los suspiros. La vida llena de flores agitan pétalos inquietos como las palabras dulces que se instalan en mi cabeza.
Soy yo mami. Qué bonito es verte serena y hermosa. Voy a acunarte. Déjame que te toque tu cara. Cada arruga. Cada herida. La blancura tímida del nacimiento de tu pelo. Voy a besar los cardenales de tus muñecas. A curar cada pinchazo de esa aguja fea que te ha amado, aferrada a tu carne ,mil años. Te limpio la baba. Voy a esconderme en tu cadera. A mamar la blandura de tus tetas orondas.
Me intuye aquietado a oscuras a su lado. Abre los ojos con la lentitud de un rectil anciano. ¡Ay que está aquí mi niño¡. ¿Qué haces ahí ?. ¿Has comido?. Se yergue despacio y se levanta renqueante.La ayudo. ¿Cómo estás mami?. ¡Ahí vamos!. No estoy muy malota. Le beso la frente fuerte y sonoro. Es un beso lento. Un beso pesado de tanta palabra. De tanto amor. Voy a freírte el pescado. Va hacia la cocina con un seseo borracho.La sigo nonato. Perdido. Las flores de su vestido van de un lado a otro llenando mi paseo de primavera hacia la cocina que vuelve al tintineo del cristal y los cacharros. Al olor de la vida diaria. La cocina se llena de palabras. De mi padre y sus manías. De mi hermana y lo que fuma. De lo cara que está la fruta. De su desgana por todo.
Mi madre está cansada. La vida se va yendo lenta pero imparable. La tregua esperada da paso a un arado implacable. Mientras como ,mi madre habla. Hay en sus ojos un velo opaco como de pez muerto. Un cristal turbio que tamiza la blancura de esa vida que huye impúdica.
Volvemos a la habitación. Me tumbo en la cama. Rosario se sienta de nuevo. Se instala el silencio y la penumbra de la siesta interrumpida. En la televisión una mujer le dice a un hombre cuánto le ama. Siempre te he amado. No puedo vivir sin ti. No importa que no me ames. Déjame enseñarte. Solo cuando te oiga decir te amo tendrá sentido este dolor tan grande .
Miro a mi madre y lo recito siseando con una soga en la laringe. Duerme de nuevo. El jardín de Rosario vuelve a la vida y las flores a mecerse con la armonía diestra un viejo músico. Siento el sueño como llega empañando mi cabeza. Quiero cerrar los ojos y dormir. Antes, hago un ramillete con las flores y lo guardo a mi lado para que cuando me despierte no se me olvide.

Rosario, mi madre, murió hace unos días.
Yo estaba con ella. En la cama,con su cara entre mis manos, le dije todo lo que nunca le dije salvo en sueños. Ahora soy un recaudador de lágrimas. Las quiero todas para tenerlas siempre a recaudo. A expensas de este dolor tan grande. Tan solo. Tan extraño . Mientras el dolor se convierte en recuerdo la vida nueva se va quedando, huera y negra.
Las cosas de mi madre están donde siempre.Está su olor y su voz dulce.La cocina está muda y las flores dormitan sin su tiento amable. En la casa la voy buscando en cada habitación. En cada armario. En cada olla. En las cajas de telitas dobladas con esmero. En cada cajón de esta entraña tan sola y herida.
La busco de noche por si pasea en la negrura de las horas lentas y crueles. Voy a la terraza por si está poniendo morenas sus piernas extendidas.
Abro su armario y veo su jardín colgado de una percha. Las flores están quietas. Muertas. Lo descuelgo. Lo beso. Lo zarandeo. Las flores vuelven a la vida.

A Pelayo