Hoy mi madre cumple 80 años. Mi regalo: una diadema de plástico, un bizcocho de limón, un ramito de girasoles,un libro de sopa de letras y un post. El que sigue. Lo he rescatado y hoy es para ella.
Aberrante sería el adjetivo que emplearían los lectores para describir lo que se les antoja mi opinión con respecto a una ciudad como Roma. Y es que a Roma la encontré mayor, ajada, cansina y tremendamente aburrida. Hay veces que las ciudades llegan demasiado pronto o tarde a tu vida generando la inempatía entre aquéllas y los viajeros que las visitamos. Había estado en Roma en una ocasión. Tenía veinte años, esa edad omnívora en la que todo merece la pena y se comulga con ruedas de molinos.Una edad en que las colas no son colas, la pizza dura te sabe a gloria y los pies no te duelen aunque lleves por las calles romanas veinte horas dando vueltas .
Hoy,en la edad de la presbicia, Roma me pareció como una amante que no se desnudó para que la poseyera mi deseo de sorpresa, la ilusión que genera en el viajero desplazarse y llenar la cotidianidad de otras caras, la boca de otros sabores, el placentero imaginario de lo desconocido u olvidado. Roma me aburrió la vista y el bolsillo. Roma me encajó un dolor de riñones indeleble hasta hoy. Roma me reenseñó un barroco gastado por las miradas de tanto turista alineado. De Roma me traje dos cosas. Desilusión y una palabra,abito.image
Abito. Abito es traje en italiano. En Roma la guardé en el bolso de mi memoria. Y allí se quedó dando tumbos hasta que hoy la desenvuelvo y os la entrego.Un ” Abito” con “ache” y acento en la “a”,”hábito”,es el traje que muchas mujeres de mi barrio se ponían llenando la retina de mi infancia de arrepentimientos y promesas. Zaheridas por el destino eran mujeres uniformadas, llenas de semiótica,vestidas de marrón,morado o blanco. Atadas sus cinturas con un cingulo que fruncía ese tejido sin forma urdido de esperanza. Eran mujeres que paseaban sus historias silenciadas sin vergüenza exponiendo sus vidas taradas ajenas al amilanamiento. Mostraban sin pudor sus pedidos. Llenaban nuestras vidas cotidianas con la transhumancia de sus dolores y sus cuitas. Eran mujeres que se vestían pidiendo a gritos la cura, la vuelta, el zurcir las rasgaduras que la vida les hubiese propinado.image Mi madre me cuenta por teléfono. Ella es ese libro viejo lleno de palabras de ternura. Recuerda a Pepa O,farry. Pepa era una modista que cosía en su pequeña casa del callejón de San Bartolomé . Allí nació mi madre. Allí pasó su infancia.En ese pequeño callejón entre la iglesia y el cementerio.El corazón y la muerte. Pepa siempre llevó puesto un hábito del carmen. Decía la gente que era por su hija. Dolorcita estuvo enferma del corazón desde que era una niña . Mi madre la recuerda sentada detrás de la ventana de su casa que daba a la pequeña calle. Ella,como su madre, siempre llevó el hábito del carmen en espera de una mejora de salud que nunca llegó. Dolorcita tiene el pelo negro y rizado y una piel de porcelana tan blanca como la cal de las mañanas de verano. Tiene las manos gorditas y pequeñas. Las entrecruza debajo del escapulario de su pecho con un pañolito que entre sus dedos mima con esmero. Tiene la voz tan dulce como una caricia .Una voz lejana con ese leve hilván de vida que solo atañe a aquéllos que se van poquito a poco. Cuando mi madre iba a probarse la veía en un sillón de mimbre quieta y serena. Madre e hija llenaron de penitencia color marrón los días aciagos de la postguerra.
Un día la salud de Dolorcita empeoró. Su cuerpo comenzó a hincharse. Decían en el barrio que era hidropesía, una enfermedad que la hacía retener líquidos en el vientre . Al cabo de unos meses parió un niño y en el barrio se instaló el murmullo. La duda corrió como el viento del mar entre las rendijas de las casas recoletas del callejón .Pepa O,farry cerró las puertas y las ventanas . Se quitaron los geranios de los polletes y el silencio les cubrió las caras como los velos negros de los lutos y las misas. Se habló de que el padre era Campito, el practicante que venía cada tarde a visitarla. Se habló de un amor callado. Un amor críptico urdido tarde a tarde. Un amor hecho palabra a palabra como las rositas de pitiminí bordadas sobre la batista de aquél pañuelo que entre las blancas manos de Dolorcita, retorcido y amasado por las horas de tantos días ,fue el único testigo de besos casi a ciegas, de caricias furtivas, de promesas. Dolorcita y el practicante se casaron “in artículo mortis”, ese amarse con la muerte al acecho. Ella tendida en la cama con su hábito del Carmen y un escapulario sobre su pecho. El de pié con camisa blanca y corbata negra. Pudo el amor pero no el corazón. El niño nació muerto y a ella se le escapó a vida entre los pliegues de aquel pañuelo y se la llevó la tarde de un viernes santo entre el tañir de las campanas de la iglesia y las lágrimas de su madre. Se quedó el dolor entre los pespuntes de aquéllos trajes que Pepa O,farry siguió cosiendo “ pa la calle” con su hábito del Carmen marrón. Mi madre siguió visitando aquélla casa .La vida se abrió paso.
Una tarde mi madre fue a recoger un vestido que Pepa O,farry le había hecho. Era un vestido de crespón de color amarillo oro de doble capa .Pepa O,farry le había puesto un cuello bordado que fue de Dolorcita. Quiso regalárselo a mi madre. Mi madre siempre agradeció ese gesto tan hermoso . Una Madre dio de una hija que se fue.
Mi madre cuelga. Yo escribo. Roma me dio una palabra. La palabra me llevó a mi infancia, ese hermoso jardín lleno de mil flores. Las flores que aún adornan mis hábitos. Todo lo que soy.

2 thoughts on “Abito”

  1. Leer. Leerte, es una de mis pasiones. Predispuesta a la sonrisa y a la lágrima sin saber donde empieza una y termina la otra. Veo Cadiz y palpo cualquier lugar que me describas. Un beso muy fuerte para doña.Rosario.

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