Mi madre siempre me contaba que cuando era jovencita ella y sus amigas iban al cementerio a robar flores de las tumbas para luego lucirlas en el pelo cuando hacían el paseo. No hay cosa más hermosa en estos tiempos que corren con tanta moda y tanta premura de estilos y tendencias como adornarse el pelo con una flor y tirarse a la calle para matar el hastío y la negrura de las horas reiteradas. A mi amiga me la encuentro en la calle Cuna de Sevilla hablando estentóreamente por el móvil. No sé su nombre. Le pido permiso para tomarle una foto mientras la halago por esa moña de jazmines en la sien. La belleza no está en la armonía, en los gestos, en la fisonomía perfecta.La belleza está en la acción, en esa decisión llena de personalidad, en la mente primorosa de imprimir un trocito de primavera en la rutina tediosa de limpiar diariamente lo que sea.” Estoy puteada, aburrida y harta”, me dice, “yo me miro al espejo a las seis y media de la mañana y me digo: venga p’alante. Mis días son más cortos con las cubanitas de mi madre en las orejas y una flor en el pelo”. Yo quiero ser como tú, pienso.

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