Camino solo buscando las tiendas abiertas. Me he adelantado. Aún es esa hora de la mañana donde nuestros ruidos no han anulado el canto de los pájaros. Se abre la luz lentamente. Las dependientas barren las aceras y limpian los cristales. Las calles hueras se van llenando de gente. Nos miramos los que nos cruzamos. Aún no es posible la ignonimia que genera la presencia de un gentío, quizás, cuestión de minutos. Hay cuatro señoras anudadas entre ellas esperando en la puerta de El Corte Inglés a que abra. El lotero está donde siempre. También espera. Todos esperamos en el inicio de este nuevo día que se intuye como los demás. Unos esperan a otros. Otros esperan empezar su rutina. Esperamos que el tiempo nos permita desgranar nuestro calendario.

Me encamino hacia la calle Sierpes. Desayuno en un recoleto bar. Buenos días. No contesta nadie. Suena la voz de lejos. Interrumpe mi quietud. La molicie derramada sobre la barra inoxidable. El rumiar acompasado del pan. La persigo con mi oído. La busco cuando salgo. Se hace grande mientras me acerco. Le veo. Le he visto otras veces. Está sentado en una pequeña silla de playa a rayas blanca y azul. Ha dejado la bicicleta detrás de él apoyada sobre la baraja grafiteada de una tienda cerrada. Delante, una lata forrada de un papel que imita un billete de cincuenta euros. A sus pies los CDs dispuestos en abanico enfundados en de plásticos. Todo lo que necesita para entramar belleza está en un metro cuadrado. Hay nobleza en la disposición de la escena. Su escenario. Abrazado a su guitarra canta para nadie con los ojos cerrados. Me paro en una esquina. Siento pudor. La calle está vacía. Su voz y sus palabras llenas. Hay gente que pasa de largo sin inmutarse. No escuchan. No giran sus cabezas. Raudos enfilan sus vidas impermeables sin atender esa llamada de atención en forma de lamento que espera y requiere ser oída. Es esa manera de vivir que no implica oír, mirar. Me acerco despacio. Me apoyo en la pared. Soy solo su público. Soy un patio de butacas que espera sus palabras. Soy un montón gente. Siento lo que sentirían. Su voz tiene arena. De esos matices de color que solo da la vida vivida, gastada. Una vida que se nota harta. Se abraza a la guitarra. La acaricia como a la amante que ya aprendida se convierte en amada. Está adherida a él. Le toca el corazón con ternura, ese hueco oscuro donde las cuerdas masturbadas generan la belleza que nace del placer de la caricia bien hecha. Yo me abrazo a mi mismo con el pecho lleno del dolor de la impotencia y los pulsos acompasados golpeándome las sienes.

Termina una letra y me mira. Me lee. Me dice gracias sin haber mediado palabra alguna .Yo asiento helado por esta mañana de una primavera, como siempre, inmadura por imprevisible. Asiento a la certeza inexorable de que todo aquello que tenga la capacidad genésica de hacer sentir no necesita de nada que no sea sino a alguien que espere. Es el que espera el que hace que el que cuenta obtenga lo esperado. Ser oído.

Me voy de puntillas como la amante sabia que cuida el sueño del hombre al que ama. Me endentezco para que la voz y las palabras me acompañen, me acaricien la espalda y se me cuelen. Su voz es una caricia a mi piel muerta de hambre. La belleza perdura  a lo lejos.

Llevo un nudo en la garganta mientras el lamento solo se me enreda en la nuca. Doblo la calle oyendo…, qué bonito está el camino de olivos y de palmeras. Que diferente mi sino, lleno de dolor y penas….

Trago.

 

 

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