En Santiago de Chile los perros no tienen nombre. Son anónimos .Podrían llamarse río, camino, metro o portal. Adictos callejeros no tienen ni más dueño que el asfalto ni más  collar que la vida diaria buscada a destajo. Son perros plurales. Son mestizos.Asilvestrados. Impuros. Perros bastardos hechos de azar y celo. Desbrujulados,vagan gregarios o solos desparramando su molicie encomiable en cualquier esquina,en cualquier jardín, en la boca del metro como vigilantes disfrazados,en la acera movida ,sorteados sus cuerpos y espacios sin vergüenza, por la gente que pasa. Camino por Santiago con David y María, mis queridos amigos que persiguen un sueño para mimarlo. Entre sus sueños y los míos, esos antídotos que hace más dulce mi desasoiego encastrado, los perros de Chile pasean su galbana gritándonos  lo mucho que erramos los humanos. Que la vida no es ésta que llevamos. Que el que nos dijo como vivir erró y su mentira nos ciega ante lo único cierto, que vivir es solo una suerte que solo quiere sentirse agradecida.

 Los perros de Chile te miran sin pudor. Te ignoran. No saben de lealtad porque nadie les da nada. Despedigrados gobiernan a sus anchas ignorando apóstatas los dogmas de la habitabilidad. Se frotan. Se huelen. Se muerden. Se hieren. Follan. Cagan. Cruzan las calles desoyendo los sonidos que amenazan su existencia. Aman la noche y la pululan buscando en las basuras su sustento. No solicitan el aborde. Los perros de Chile no agradecen. No sonríen. No mueven agradecidos sus rabos. No aman. Solo viven .
Siento la lealtad que no prodigan. Pienso en la lealtad, palabra tan hermosa como tan mal usada .
La lealtad no viene sola. Deja de ser nonata cuando se la nutre. La lealtad nace cuando se hace. Es leal el amado. El cuidado. El besado. No perdura la lealtad cuando se la veja. Ante la duda se atenua aquietandose  en rincones estancos de nosotros. Espera tímida con la esperanza de volver. Solo cuando el dolor es recurrente deja de ser invicta .No convive con el dolor, el rencor o la rabia. La lealtad se aleja dulce sin volver la vista atrás. A la lealtad se la mata. Son asesinos los propietarios de personas,los caciques de corazones, los latifundistas de pieles y de cerebros, los dictadores de almas nobles de mirada triste como perros.
No es desleal el que se marcha herido de muerte.El vencido. El que se aleja tras la caricia viva. No es desleal el que se va porque no recuerda el beso,la palabra hermosa,el lamido de entonces.
La lealtad pervive a pesar de la distancia. Se instala por amor y se queda .Te coloniza. Por lealtad te sigo amando. Lo sabes. Estás turbio en mi día a día pero tan aferrado a mis entrañas que paseas mi lealtad como un niño entre tus brazos. Pierdo tu voz, la nitidez de tus facciones, tus hechuras. La lealtad instalada te recupera, te innova.
Pensar en la lealtad es volver a tí. Mi perra querida. Dorotea. Te fuiste pronto y rauda dejando sin la canela de tu lomo la dulzura de tenerte. Inmóvil a mi lado ,esperando la bonhomía de una caricia o una palabra dulce a sus orejas grandes y caídas, Dorotea acompañó mis días de “pantone” en tonos grises enroscada colonizando mi espacio con su cabeza sobre mi pierna en una hermosa declaración de intenciones.
Estoy aquí. No sé lo que te pasa. Me duele tu dolor. El crepitar de tu pecho .Vamos a la calle a oler y reirnos de otros perros. Toma mi cuello. Atalo. Toma mi lengua para que te alivien mis lamidos.  ¿Quieres que te muerda un poco?.Solo quiero estar a tu lado. Quedarme contigo. Hazme lo que quieras.
De lealtad eran las tramas y las urdimbres de la manta con la que la envolví para llevarla. La asía como a un niño boca arriba. Me miró sin luz. Tan cansada que leí en el castaño de sus ojos que la ayudase a marcharse.
La dejé sobre la mesa helada. Pego mi corazón al suyo. Los siento. El mío recio. El suyo enlentecido por el adiós asumido. Ambos hablan de lo mucho que se aman. Le beso la cabeza. La frente. Los ojos. El hocico seco. Me mira trémula y me lame la mano apoyada en la suya. Recorre con su lengua asténica cada pliegue de mis dedos. Leo adiós. Te quiero. Guardame en tu envés.
La dejo sola. Abrigada. Quieta. Aún caliente. Desdolorida y bella. Me voy con pasos cortos hacia atrás para perderla poco a poco. Para perderla de mi vista sin prisa. Para retenerla en mi memoria deselectiva. Su canela se vuelve rotunda instalándose en mi cuaderno de bitácora.
La lealtad llama muchas veces a mi puerta y lamo,en mi mano, sus lamidos.

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